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La aprobación de los reflejos

By 12 de junio de 2020No hay comentarios

Escuchas eso, suena Barcelona de Giulia Y Los Tellarini. Así que por alusiones, este viaje es a la húmeda Barcelona en el mes de Septiembre casi diez años atrás. No conduzco yo, nos transporta nuestra juventud, el deseo y el tren.

Estamos como en estado de levitación, sin apenas haber dormido. Nos miramos en cada escaparate; en cada espejo; en cada reflejo; comprobando en parte que no es un sueño y en otra que hacemos una buena pareja. Ella me mira a través de los reflejos —será porque mis ojos negros la deslumbran— o eso me gustaría imaginar; pero intuyo que es porque sigue intimidada por la situación. Ella no imaginó que se podría entregar sin reparos, sin reproches y sin tabúes.

Ella blanca casi reflejante, yo tengo su luminosidad bajada a la mitad y con la calidez aumentada. Paseamos por las viejas calles del Gòtic que todavía no han despertado. Paramos a coger energía a través una ensalada de frutas en la Plaça Reial; pero en realidad no tenemos hambre a pesar de que la colisión de nuestros cuerpos haya consumido tanto nuestra energía que paradójicamente nos ha vuelto a recargar. El recuerdo de la noche anterior nos alimenta y nos mantiene despiertos y levitantes.

Después de muchos intentos por coincidir, finalmente sucedió. Los dos sabíamos las ganas que teníamos el uno del otro y fueron tantas que al encuentro en la tarde anterior lo primero en colisionar fueron nuestros dientes. Esa tarde iba a ser la tercera vez que nos veíamos, esta vez con las cartas y el deseo sobre la mesa. Ella no podía mirarme a los ojos a pesar de que ya conocíamos media vida del otro a través del chat y de los dos encuentros previos —sin compromiso.

En cuanto me vio, no pudo ocultar su sonrisa de oreja a oreja, y como a mí no me gusta alargar las cosas —soy de esos que es el primero en tomar la iniciativa—, la cogí de la mano y la bese con mis dientes, en sus dientes —el primer beso de este tipo que había dado en mi vida. Las carcajadas explotaron, la tensión seguía latente.

la bese con mis dientes, en sus dientes —el primer beso de este tipo que había dado en mi vida.

Seguía cogido a su mano mientras paseamos por la calles del centro. Para mí tocarla era como chocar dos piedras esperando encender una hoguera enorme. Fracasaba continuamente en la búsqueda de su mirada, ella seguía intimidada. Nos paramos a tomar algo en un bar, ella pidió horchata, yo agua con gas. Hablamos —bueno, yo hable mucho—, para conocerla aún más y para intentar ocultar la tensión, pero en realidad nosotros queríamos otra cosa. Así que pagamos; nos levantamos de esas sillas metálicas que ahora estaban calientes por la tensión. Nos cogimos nuevamente de la mano, nuestros dedos ahora más relajados jugueteaban anticipando lo que vendría.

Allí estábamos, en mi piso de estudiantes compartido cerca de donde yo estudiaba diseño. Ninguno de mis compañeros de piso estaba —todo se estaba alineando. Entramos en mi habitación, ella primero, yo entré detrás de ella y cerré la puerta. Ella dio 4 pasos; se giró y me miró con tal intensidad que sus ojos parecían esa chispa a punto de encender la hoguera. Ahora era yo quien estaba intimidado.

Conectamos de una forma natural en una hoguera que te mantiene alerta, extasiado y levitante. La noche fue larga y se había mezclado con el día. Allí estábamos, en Barcelona recordando esa hoguera que seguía encendida. Era casi medio día y después de que 100 reflejos nos dieran su aprobación. Decidimos coger el tren de vuelta.

— Descansa, yo nunca me duermo en el tren —dijo ella.

Llegamos a la última parada, me desperté. Ella se había dormido.

+ Andrés

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