lluviatormenta

La habitación iluminada

By 5 de junio de 2020junio 12th, 2020One Comment

Te voy a llevar a un viaje 27 años atrás, ten a mano el paraguas que habrá lluvia.

Allí estamos, los tres, uno a lado de otro. Tan pequeños y tan frágiles, y a la vez tan protegidos.

Tengo esa sensación de haber pasado una tormenta. Esa habitación blanca de techo alto me reconforta, nos reconforta. Nos acabamos de despertar y no queremos salir de allí. Hace frío en Quito por la mañana —es lo que tiene vivir en medio de los Andes. Veo con ojos llenos de lagañas como por la ventana alargada —que va de pared a pared y toca el techo— los rayos de sol llenando de luz todo el espacio. Veo como algunas pelusas flotan ingrávidas y relajadas. Veo como esa luz ha apartado las nubes de la tormenta y ha hecho que esa habitación iluminada se transforme en nuestro nuevo hogar. Veo el inicio de un nuevo camino.

Ella se había ido a trabajar; nos había dado un beso a cada uno de nosotros; y nos había arropado tapándonos hasta que sólo quedaba visible nuestra nariz para poder respirar a través de esas mantas gruesas y pesadas con motivos andinos —ya sabes, llamas y montañas en tonos tierra. Nuestros pequeños ojos negros también quedaron libres para que pudiéramos contemplar nuestro nuevo hogar. Y de verdad que volvemos a respirar.

Todo lo que recuerdo antes de esa mañana es oscuridad, un camino empinado lleno de piedras y ramas que nos arañaban, el cielo es gris casi negro y esta lleno de nubes, lluvia y rayos. Y nosotros tres en medio sin entender que pasa —bueno quizá yo si, que soy el mayor. Nos ha tocado crecer de golpe, nuestra zona de confort se ha desmantelado y no tenemos las instrucciones para volver a montarla.

un camino empinado lleno de piedras y ramas que nos arañaban, el cielo es gris casi negro y esta lleno de nubes, lluvia y rayos.

El camino no ha sido largo pero si muy duro. Ella volvió después de dos años. Nosotros la esperábamos cada fin de semana. Cuando volví a verla por primera vez no quería mirarla a los ojos —era un extraño conocido— la conocía pero no. Llovía durante todo el camino, ella lloraba, nos abrazaba y sufría. No entendía el porqué de nuestro rechazo. Esperamos con tanta fuerza ese momento, que se nos olvido prepararnos, y llego un día en que simplemente se nos olvido que podía pasar, que volver era una posibilidad muy remota.

Todavía recuerdo la tormenta, no hubieron muchos grito, pero fue duro ver a todo el mundo llorar. Él intento hacerlo de la mejor manera que pudo, nuestra abuela lo acompañó desde que ella se marhó. Fue su guía durante esos dos años —la mejor madre que pudimos desear. Recuerdo verlo despedirse de parte de su vida en la puerta de metal de color negro decorada con forja, que el mismo diseñó y construyó. Todavía veo su cara, una falsa fortaleza y un «todo irá bien». 6, 4 y 2 años de su vida se despedían. Nuestra abuela tan llena de amor, no pudo soportar despedirse fuera y vernos partir. Nuestra abuela se quedó en el sofá sentada. No puedo imaginar el vacío de esa casa después de irnos.

Todavía recuerdo a mi hermana —como en pausa—, sin saber cómo reaccionar. También recuerdo a mi hermano pequeño llamarla señora mamá y ponerse detrás mío para que lo proteja. ¡Yo protegerlo! Si yo, lo único que quería era estar allí con ellos, uno al lado del otro. Secos, abrigados y protegidos, en un nuevo camino donde había dejado de llover.

PD: no hay canción, solo silencio y calma.

+ Andrés

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