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La selva azul – Parte 1

By 26 de junio de 2020No hay comentarios

Nos han despertado a las 05:00 de la mañana, mis ojos y mi energía duermen aún. Mi abuelo ya dejó preparado todo el día anterior. La camioneta (pick-up) está lista para abandonar la cordillera e impregnarse de azul. Los nervios por vivir de nuevo ese paisaje salino y verde —ahora más consiente—, me despiertan. La emoción se pone el bañador pero sigue abrigada.

Montamos una especie de cabaña en la parte trasera de la camioneta prohibiendo la entrada al frío andino con una de las mantas de nuestra abuela. Asimismo, montamos una ventana improvisada para que la temperatura nos chive donde estamos. Notamos cada curva, sacamos la cabeza y vemos el precipicio y todas las montañas que nos siguen acompañando. Metemos la cabeza de nuevo para no marearnos. Queremos dormir pero los nervios y la inercia en cada curva nos lo impiden. Esperamos los primeros grados de diferencia y las primeras melodías salseras.

¿Lo has notado? Un ápice de calor y humedad. Sacamos la cabeza y vemos como la vegetación comienza a ser más tupida, más verde. Hay un ligero aroma a humedad. El cambio de clima es mágico, los pájaros lo anuncian: pronto haremos la primera parada. Poco tiempo después comenzamos a ver las primeras casas. Paramos.

—A desayunar —nos dice nuestro abuelo.

Entramos en un restaurante abierto, tiene vigas de madera y es colorido. Suenan canciones clásicas de salsa con una base de ventilador que invitan a mover los pies y las manos para apartar las moscas. Las melodías se mezclan con nuevos olores que hacen que comencemos a salivar. Nos sentamos, las mesas de madera nos saludan llenas de cicatrices del paso de los viajeros. Pido el famoso desayuno continental: huevos tibios (pasados por agua), fruta, zumo de naranja, bolón con queso (plato hecho de plátano macho) reemplaza al pan. La primera señal de vacaciones.

El cambio de clima es mágico, los pájaros lo anuncian: pronto haremos la primera parada.

Volvemos a la camioneta, ahora más satisfechos pero sabiendo que todavía quedan 3 horas, un par más serpenteando los Andes.

Un par de horas después, las curvas son menos constantes y la temperatura es cálida y húmeda. Escuchamos las primeras voces con un hablar rítmico, rápido y alegre. Sacamos la cabeza y vemos a los primeros vendedores de frutas: mangos, papayas, cocos, piñas, guayabas, chirimoyas, plátanos… Anuncian sus productos a viva voz y con rimas pegajosas. Emocionados golpeamos la cabina para parar y comprar algo. Vemos como nuestro abuelo frunce el ceño y mueve la cabeza diciendo que no —todavía no. Nos tumbamos de vuelta y hablamos de todo y nada hasta el siguiente indicio de vacaciones.

¿Escuchas eso? Alguien ha golpeado la cabina. Nuestra abuela apunta con su dedo hacia la izquierda. No lo vemos —¿qué es? Buscamos por encima de las casas, los cables de electricidad y la tupida vegetación que cuelgan de los postes, y finalmente lo vemos. Vemos una mancha azul que se pierde en el horizonte. La humedad y nuevos olores nos embriagan. El sonido es una mezcla de ese hablar enérgico y pegajoso mezclado con ritmos que invitan a bailar. Emocionados, desmontamos la cabaña improvisada; nos quitamos los sacos (jerséis); y buscamos con ilusión y emoción entre los bloques de casas ese color azul anticipando el esperado reencuentro.

[Continuará…]

+ Andrés

PD: Este recuerdo es una de las razones por las que quiero tener una selva en mi terraza. Tener un espacio de desconexión atemporal que me tele-transporte a ese recuerdo. Un rincón de sabores, colores y ritmo.

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